Comienza un nuevo año para este blog, y ya va por el octavo. El nuevo año se presenta con varias metas, y largos recorridos, pero curiosamente el final del año anterior fue de igual manera.
Nos remontamos a 2010, por azares de la vida, pase las Navidades en casa, por primera vez en muchos años, tantos que ni recuerdo, no íbamos al pueblo para pasar las Fiestas, y tomar las campanadas, y por un segundo se me paso por la cabeza la idea de correr la San Silvestre Vallecana. Bueno, había corrido antes otras carreras, pero era un reto que fuera en el mes diciembre, y anochecido. Momentos después desestime la idea, porque no me daba tiempo material a terminar la carrera y volver a casa en condiciones para pasar la nochevieja… ya se sabe, uno no suele irse pronto a la cama esa noche.
Justamente un año después, ya sabiamos que pasaríamos las Navidades en mi pueblo de Ávila, y con mucha moral me dije: Este año corro la San Silvestre, pero en mi pueblo.
Pronto me dediqué gracias al Google Maps a buscar una ruta de 10 km, mi pueblo tiene la característica de ser muy llano, pero rico en pinares y tierras de cultivo. Lo que para un corredor se traduce en suelo arenoso o de tierra, que es mejor que el asfalto de Madrid, por ejemplo. Eso si, algún repechito tenemos.
Teniendo ya la ruta hecha nos fuimos a mi pueblo, en Ávila, con lo que ello conlleva, frio, probabilidad de lluvia o nieve, y el confort que ofrece una casa calentita… total, que se me quitaron las ganas rápido de correr el día 31, ¿qué necesidad había? Pero entonces, como si Marty McFly fuera, y alguien me dijera gallina, mi tia me dijo: ¿Que, no corres hoy?
Sin haber entrenado en semanas, con buena temperatura, a unas dos horas para anochecer, con un exceso de peso notable por las comilonas de estos días, cordero, turrones, mazapanes… me calcé las zapatillas y el chandal, y me fui hacia la salida imaginaria del plano que había calculado, y que tenía memorizado en mi cabeza. Según andaba de mi casa a la plaza (donde se encontraba la “salida”) vi a mi madre y a mi tia, desaconsejandome que corriera 10 km, que me iba a dar algo, a lo que yo les contesté: No te preocupes, si sólo voy a trotar un poco. MENTIRA. En mi orgullo estaba termirar esos jodidos 10.000 metros. Aunque los terminara andando.
Con mucha moral y el sol a dos horas de ponerse, comence a trotar, un trote rápido por el suelo de cemento que me llevaba hasta el extremo este del pueblo, donde están el cementerio, el polideportivo y los chalets, camino de Los Caños, el primer kilómetro y el segundo se encontraban en un terreno llano, con suelo duro de tierra, por el paso de tractores, en dirección al pinar, cuando me adentre entre los pinos, dejé Los Caños a mi derecha, donde antaño ibamos de merendola y donde llevabamos a lavar los coches aprovechando el agua que salía, que ya no sale, del caño.
Entonces se escuchaba un ladrido, y por mi mente pensé que menos mal que aun tenía fuerzas, por si tenia que esprintar, o suvirme a un arbol. Había una valla rodeando unas casetas de obra y montones de arena, y un perro ladraba con más miedo que rabia a todo lo que pasaba, aun asi, yo seguí corriendo y mirado hacia delante. El perro que no estaba atado, salio de la valla y se me puso a ladrar a unos cinco o seis metros… a más de un kilómetro, aun se le oía ladrar… que dura la vida del perro vigilante.
Entonces fue cuando llegó en momento crítico, en mi mente el mapa decía que tenía que girar a la derecha, pero sólo veía tierras y más tierras, sin embargo el camino giraba a la izquierda, y eso me alejaba más aun de mi destino. Tomé una medida salomónica y atravesé el campo, por la linde de dos tierras que por supuesto estaban aradas, con la consecuente dificultad de esquivar hoyos y piedras a partes iguales.
Con casi 3 o cuatro kilómetros en mis piernas, noté como el sobrepeso tomaba protagonismo con un fuerte dolor en rodillas y tobillos, parecía que la espinilla izquierda me iba a estallar, cada saltito que daba, era un pinchazo como si cargara un gorrino de 20 kilos a los hombros, y me empecé a preocupar, tuve que parar a coger aliento y a esperar a que el dolor cesara. Fue entonces cuando, después de una hondonada con un pequeño repecho vi de nuevo la silueta de mi pueblo. Los chalets en un primer plano, los tejados amarronados de las casas, el campanario de la iglesia nueva, y las ruinas, en lo alto de la iglesia vieja, incluso el sonido de los coches pasando por la carretera que quedaba al otro lado.
Al llegar al pueblo, aun me quedaba un pequeño circuito por sus calles, subí la cuesta de la iglesia vieja, bajé por la cuesta del depósito y la era del médico. Bordeé la carretera hasta el barrero, volví por el pilón, la sindical, la plaza y me dirijí por la Jurrilla hacia el Hoyo de las Brujas. Suena tenebroso, pero no es más que un terreno más bajo de lo normal, donde antaño tirábamos los electrodomésticos viejos y cualquier cosa que no hiciera falta, y que los mayores usaban para asustar a los pequeños, pues por la noche daba bastante miedo.
Al llegar al Hoyo sólo me quedaba poco más de un kilómetro, y ya notaba en mis piernas la sensación de: Venga que ya queda poco, aguantad, aguantad. Y asi fue. Yo sabía que mi tiempo era una risión, pero mis circunstancias eran todas desfavorables, enfilé la calle empedrada hasta la plaza por la misma calle por la que más de una hora antes había salido, y donde se encontraba mi salida imaginaria, allí mismo estaba la meta imaginaria, y por supuesto con el público imaginario dando ánimos y felicitandome…
Lo había conseguido, 1:06:43. Sé que es una risión de tiempo, pero siendo optimista, sólo se puede ir a mejor. Al llegar a casa y decir que había conseguido hacer los 10 km, recibí la felicitación de mi familia, me sentí genial. Con ganas de ponerme en forma, y bajar esos 10 kilos que tengo demás. A día de hoy ya sólo me quedan 5, y en cuanto pueda me apunto a la primera carrera que hagan por Madrid.
Para verano ya bajaré ese tiempo de 1:06:43.