Ay veces que uno se crece, y pasa lo que pasa. Ya llevaba varios años con la idea de apuntarme en la carrera de mi pueblo, Arganda del Rey. En el memorial José Diaz Espada. Y asi lo hice, sin pensar, por internet, con la idea de obligarme a correr.
Durante la carrera llegué a arrepentirme de esta decisión, y es que la carrera de Arganda es de las más duras que hay en la comunidad de Madrid. Un tramo ascendente de casi cinco kilómetros, sin descansos, una botellita de agua y la rampa de Valdemaría, que los expertos ya la temen, y los novatos la sufren. Yo la temí, la sufrí y la caminé…
Empecemos por el principio, fui con una hora de adelanto a por el dorsal, la camiseta y el chip. Y al ver que no había taquillas para guardar la ropa, la tuve que dejar en el coche, y correr pues con las llaves de la mano. Por fin llegó el momento de la salida, después de las carreras de los más pequeños. Yo me mosquee porque vi mucho profesional, pero bueno, no miré atrás y me meti en el mogollón de salida.
Salida, medía vuelta a la pista y salimos hacía “Los Villares” terreno favorable, llano, hasta el km1. Todo empezaba a torcerse, la gente me iba adelantando, la cuesta me afectaba más de lo que pensaba y aquello no parecia cambiar. Llegó el km2, y con el la pequeña pájara, mis padres estaban por ahí y en la foto no parezco tan cansado como estaba.
km3 y km4, la cosa seguía subiendo, y yo aguantaba como podía. Llegó al fin la zona donde dan agua, si, agua, por fin, ya está bien de gatorades y mierdas de esas que no sirben para echártelas encima, y que no refrescan. El sol picaba, pero las sombras enfriaban, buena temperatura, y el agua me dieron nuevas fuerzas. Fuerzas para la temida “cuesta de Valdemaría”.
Corría como podía, pero me di cuenta que iría más rápido andando, y durante unos metros asi lo hice, lo suficiente para reponer fuerzas y volver a coger aire. Ya había pasado lo peor, o eso pensaba. Quedaban más de cuatro kilómetros con pendiente favorable, primero una fuerte cuesta abajo, que me vino genial para coger aire, luego la calle Real y Juan de la Cierva, donde puse un buen ritmo, y donde sin alcanzar al de delante, lograba mantener a raya a los 5 ó 6 que me venían por detras, que en efecto, eran los últimos.
Llegaba ya el penúltimo y último kilómetro, ahí estaba de nuevo mi madre, que al igual que mis amigos Juan y Yoli, fueron los que me animaron en la carrera. Cuando pasamos el km9, me adelantaron todos, y estaba último, ahí es donde me di cuenta que esta carrera no era como las otras, aquí si había nivel, y yo no lo tenía, ni mucho menos. Pero a falta de nivel, hay que sacar coraje y fuerzas de flaqueza, y nada más entrar en la pista e iniciar los últimos 300 metros, comencé a pasar, uno a uno a los 5 ó 6 que tenía por delante, mirando hacia atrás para que ninguno se le ocurriera pasarme y así no llegar el último. Mi tiempo 1:01:53 no está mal, para no haber entrenado nada, y para la carrera que era. Mi cara expresaba el sufrimiento, y el sacrificio. Tengo que entrenar más. No creo que vuelva a correr esta carrera.